viernes, 1 de mayo de 2026

Los datos

La ciencia describe un universo carente de propósito, ajeno a nuestro anhelo de sentido, y en el cual aparecimos por pura casualidad.
 
La filosofía hace mucho que dejó de buscar verdades universales.
 
El arte ha desterrado la belleza como elemento central.
 
La religión ya no es capaz de esconder la desnudez de su entelequia máxima: un Dios omnipotente y bueno en un mundo de sufrimiento y dolor es simplemente una imposibilidad lógica.
 
El desconcierto es total. Unos niegan la realidad biológica y exigen arrepentimientos neuróticos por pecados que se consideran cometidos por defecto. Los otros ponen al frente de la mayor potencia mundial a la persona objetivamente menos capacitada para el cargo.
 
La humanidad se mueve sin ton ni son, sin unos valores, una ética, un autocontrol de las emociones que sea capaz de equilibrar el inmenso poder que la ciencia —a través de la tecnología— pone en nuestras manos, y el planeta se encuentra al borde del precipicio.
 
¿De quién es la responsabilidad? Tremenda palabra para los delicados hombros y la frágil voluntad de la civilización actual.
 
¿Es culpa del ser humano? No del todo. No se trata de condenar al intelecto y a nuestra propia naturaleza.
 
La culpa, si es que alguna hay, es en gran medida de la Instancia que nos ha puesto aquí sin darnos la totalidad de los datos; de Aquello que no nos facilita la información de qué somos y cuál es nuestro papel en el cosmos.
 
Pero ¿y si los datos ya estuvieran a nuestro alcance, y fuesen nuestros tabúes, nuestras ideas preconcebidas y nuestro rechazo visceral a cargar con responsabilidad alguna lo que nos mantiene, por todos los medios, alejados de ellos? © Antón Rodicio 2026

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